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El suelo como recurso limitado

Uno de los grandes inconvenientes, por no decir el mayor, de la intensificación de la agricultura es la degradación de las propiedades físicas de los suelos.

El avance tecnológico, orientado sobre todo a un manejo racional y exhaustivo de los recursos hídricos, con el objetivo de aumentar la eficiencia del agua, conlleva una importante presión sobre el suelo, que ve deterioradas sus propiedades físicas y pierde su estructura. La utilización de maquinaria pesada, el empleo de gran cantidad de mano de obra y el mismo proceso de riego causan una degradación física del suelo; el empleo de aguas con contenidos elevados de sodio, un, a veces, inadecuado manejo de fertilizantes, el empleo de desinfectantes, causan una degradación química y biológica del suelo, todo ello agravado por la climatología característica de muchas de las zonas de cultivo (elevadas temperaturas, lluvias torrenciales, etc.), que propicia los procesos de erosión, mineralización excesiva, salinización, etc.

Tradicionalmente, y aún en la actualidad, los agricultores han mantenido la estructura del suelo con grandes aportes de materia orgánica. Este modo de proceder, por sí solo,  ya resulta insuficiente, el ritmo de degradación de la estructura del suelo supera al de creación de estructura mediante la materia orgánica aportada, con lo que se hace cada vez más difícil mantener la competitividad por parte del agricultor ante unos márgenes cada vez más estrechos y unas exigencias de mercado en cuanto a cantidad y, sobre todo, calidad, cada vez mayores.

Además, medioambientalmente, tampoco se sostiene el aporte indiscriminado de materia orgánica al suelo. Por ejemplo, para un cultivo de lechuga en la comarca agrícola del Campo de Cartagena (España), se suelen aportar como abonado de fondo unos 15.000-20.000 Kg de gallinaza por Ha, que puede contener dependiendo de su humedad entre 30-40 Kg de N/Tm de producto. Esto supone unos aportes de 450-800 Kg de N/Ha, es decir entre 5 y 10 veces las extracciones del cultivo.

En un cultivo de pimiento en invernadero, las cantidades aplicadas son del orden de 50.000-80.000 Kg de gallinaza por Ha, lo que supone aportes de 1.500-3.000 Kg de N/Ha, mientras que las extracciones del cultivo, en el mayor de los casos son de 400 Kg de N/Ha.

Todo esto se agrava si pensamos que la liberación de este nitrógeno de la materia orgánica, depende de múltiples factores externos (temperatura del suelo, humedad, aireación, microflora y microfauna presentes, presencia de otros nutrientes, etc.), con lo que difícilmente va a coincidir con la curva de extracción o demanda instantánea del cultivo.

Los agricultores de áreas bajo agricultura intensiva, son los primeros en sufrir los inconvenientes de suelos extremadamente compactados, con formaciones de costras superficiales, salinizados, sodificados, con contaminaciones endémicas de patógenos, etc. Y, precisamente esta incipiente agricultura tecnificada debe ser la referencia para corregir estos inconvenientes, y que la tecnificación siga progresando. Así, de hecho ya se están acometiendo y utilizando de forma generalizada acciones tales como:

  • Incorporación de los restos de cultivo al suelo en su preparación.
  • Estrategias para fomento del desarrollo radicular del cultivo.
  • Aplicación continua de productos para mantener y mejorar la estructura del suelo: ácidos polihidroxicarboxílicos, ácidos fúlvicos, ácidos húmicos, etc. Los que se pueden aplicar en formulaciones de fertilizantes (FEP).
  • Aportes de importantes cantidades de calcio de manera continuada para contrarrestar los efectos nocivos del sodio.
  • Adecuado manejo del proceso de fertirrigación tanto a nivel de suministro hídrico (evitando encharcamientos y excesiva sequedad) como a nivel nutricional (evitando excesos que provocan pérdidas innecesarias por lavado, interacciones entre nutrientes y alteración de la microfauna y microflora beneficiosa del suelo).
  • Utilización de estrategias de abonado que minimicen las pérdidas de nutrientes y por tanto limiten las cantidades aportadas, como seguimiento continuado de las plantaciones con aportes según demanda, empleo de fórmulas fertilizantes a medida según la demanda del cultivo y las características edafológicas, etc.
  • Empleo de productos activadores o potenciadores de la microfauna y microflora del suelo.  HC